La ruta legendaria del fantásma y su viejo almacén...
Escondido en un profundo y recóndito lugar de La Mancha, en el antiguo almacén de harinas, que fue de una vieja tahona, habita un fantasma cuya existencia se remonta a más de 100 años pasados. Este viejo fantasma deambula durante el día volando y soñando con los ojos abiertos, adormilado y placentero por el calor del sol, entre los alrededores de su almacén, y contempla, sonriente, con los ojos entrecerrados: las calles tranquilas y desiertas ardientes de sol; los bares donde se comentan las correrías más cercanas, cada uno con su fama según su tapa y su capa; los supervivientes muros de adobe y piedra, que guardan la frescura de sus casas; las discretas flores mágicas, de secretas y derrochadas propiedades balsámicas, creciendo entre unas hierbas silvestres que no piden pan, afortunadas algunas por la sombra de algún árbol cercano y descuidado; los humedales que dan sustento a supremas aves llegadas de remotos paraísos, sobrevolando las ruinas de un prehistórico poblado celtíbero; un turista despistado preguntando al resignado barman por el horario de autobuses. Y al atardecer, cuando el sol empieza a esconderse, dando salida a golondrinas y vencejos que dibujan su vuelo en el azul infinito de ese cielo tan claro, el fantasma despierta y recuerda a unos viejos amigos que vivían con él entre la harina de la vieja tahona. Y allí, desde donde aún flota, el fantasma ve cómo las calles solitarias se llenan de gente, saliendo de todas partes, buscando el frescor del paseo hacia algún camino donde la vista se pierde, en ese gran horizonte de la llanura manchega, despidiendo otro día soleado y caliente, mientras el sol se esconde vergonzoso, colorado, terminando de arder todo su calor liberado durante el día. El fuerte hombre-almendro y la esperanzada mujer-encina viven con el fantasma. Ellos salen a despedir el sol en otro paseo, y por la puerta abierta de su casa se cuela, de vuelta, el fantasma, y les revela la mejor ruta para ese atardecer, que él ya ha sobrevolado durante las desiertas horas de la siesta. Saben que vuelve de buen humor, y aprovechan sus conocimientos de satélite volador para planear la ruta, al inicio de cualquier conversación. Saben que, en la madrugada, el fantasma cambiará de humor si no encuentra a sus amigos, otros pequeños fantasmas emigrados, y sus instructivas palabras tornarán en gritos malhumorados e inhumanos. Menos mal que para los hombres y mujeres árboles, viviendo el presente, con el frescor del atardecer, reconocen la música que hace su llamada: sólo hay que seguirla.


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