Un viaje de Marrakech a Dakar en transporte público.
UN VIAJE DE MARRAKECH A DAKAR
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No me gustan mucho esos viajes en todo-terreno al tercer mundo. Por un lado parece que es complicado: averÃas, previsión de combustible y repuestos… e igual finalmente se tiene que suspender el viaje por problemas crÃticos con el coche. Y además, me parece que te reviste de una actitud neocolonial y opresiva con la que no acabo de simpatizar. Pero por otro lado, es un gozoso clásico el cruzar el Sahara por tierra y llegar a Dakar, al Ãfrica negra, habiendo disfrutado del gran trozo de continente –y bien raro- que hay en medio. Asà que decidimos hacerlo (y de forma no muy agresiva ni colonial) y organizamos (y digo “organizar†más por poner un verbo que por ser descriptivo) un viaje entre Marrakech y Dakar para ser llevado a cabo en autobús, taxi o vehÃculos de fortuna según fueran apareciendo. No parece un mal plan para unas vacaciones si no eres un adicto al confort, aprensivo, escrupuloso o hipocondrÃaco.
CAPÃTULO I - Marruecos y el Sáhara Occidental
Aterrizamos en Marrakech el dÃa 26 de Octubre, viernes, por la tarde. No era la primera vez que visitábamos Marrakech y sabÃamos dónde querÃamos dormir: la terraza del hotel Essaouira, en el zoco, porque es barata y agradable. Estuvimos ya en ella unos meses antes y una cosa que nos sorprendió agradablemente, entre otras, es que hacia las cinco de la mañana docenas de almuédanos desde distintas mezquitas de la ciudad comienzan la llamada a la oración. Entre sueños van entrando esas letanÃas árabes en la mente dando una sensación de irrealidad y de psicotropÃa lisérgica imprevista y gratuita. Durmiendo bajo techo apenas se oye, y el tiempo en Marrakech es seco, asà que dormir en una terraza es una estupenda opción que hay que considerar.
FOTO: Amanece, que no es poco, en Marrakech. Sólo Bea se levantó a ver amanecer, y nos hizo esta foto. HacÃa fresco. Ojo a una frase muy socorrida pero bien cierta: “Marruecos es un paÃs frÃo en el que el sol calientaâ€. Asà que por la noche, abrigo.
SabÃamos que los autobuses a El Aaiún (este nombre español tan cacofónico casi se ha perdido, y se escribe más a menudo en francés: Laayoune) salÃan hacia las tres de la tarde. Deambulamos esa mañana por el zoco y la plaza de Jamaa el Fna, gozando, además de las tiendas y de los célebres zumos de naranja, de tener las piernas estiradas y las rodillas articulándose, porque nos aguardaban dieciocho largas y traqueteantes horas de autobús hasta El Aaiún.
Por supuesto ese autobús llegó retrasado (venÃa desde Fez, donde comenzaba el viaje para algunos pasajeros que no es seguro que aún hayan vuelto a andar) y por supuesto tuvimos averÃa. Pero de una forma u otra las cosas se fueron enderezando y conseguimos atravesar Agadir, Tan Tan, Tarfaya (justo frente a Fuerteventura, qué abajo), camino al sur. Una pena no tener tiempo para visitar estas zonas del sur de Marruecos, pero tenÃamos un avión de vuelta desde Dakar que no debÃamos perder y aún no estábamos seguiros del margen que tenÃamos. Iba entrándonos poco a poco el desierto por las ventanillas. Las primeras pequeñas dunas, la hammada y, bien entrado el dÃa y con retraso, llegamos a El Aaiún.
FOTO: Inmediaciones de Tarfaya, en el extremo sur de Marruecos. El paisaje empieza a ser desértico. No existe ninguna frontera con el Sahara Occidental, ya que Marruecos lo considera también parte de su territorio.
Visitar el Sahara Occidental debÃa ser antes un pequeño purgatorio. Al principio fue imposible durante muchos años, ya que a partir de 1975, tras la retirada de España, atropellada y patética, el Frente Polisario comenzó una guerra de verdad contra Marruecos y Mauritania reivindicando la autodeterminación. Moverse por el territorio era peligroso y estaba limitado por los militares. Poco a poco Marruecos fue construyendo muros que aislaban zonas y limitaban el alcance del Frente Polisario, con lo cual empezó a haber zonas seguras en las que vivir y comerciar detrás de los campos de minas, y un frente bien definido en el que ocurrÃan las batallas: la asepsia de la guerra moderna llevada al desierto. El Frente Polisario, tras un comienzo arrollador y brillante hostigando a Marruecos y venciendo a Mauritania, fue perdiendo poco a poco la guerra ante la indiferencia de la mayor parte de los paÃses, hasta que en 1991, con el auspicio de la ONU, se decretó el alto el fuego. Lo ocurrido después es más o menos conocido: un referéndum que nunca llega, una ola de colonos marroquÃes que se establecen en el territorio, millones de dirhams en inversiones y miles de refugiados que languidecen en el Sahara libre (una pequeña zona estéril en el lÃmite este del territorio) y, especialmente, en Tinduf, Argelia. Y es que Argelia es el único paÃs que ha apoyado decididamente al pueblo saharaui, acaso más por contener a Marruecos que porque creyera en la viabilidad del nuevo estado. No obstante, parece que todo está perdido y la partida ha sido ganada definitivamente por Marruecos, quien ha jugado sus bazas polÃticas y estratégicas de forma arrolladora.
Imaginábamos El Aaiún con un vago olor a ajo. Algo español, un poco rancio, incluso cañÃ, herencia de los años de colonización, tenÃa que estar presente, ya que apenas han pasado treinta años. Pero fue frustrante comprobar que no, que España no dejó huellas o que fueron ya borradas pasivamente por el tiempo o activamente por Hassam II . Nos encontramos con una ciudad anodina, desarrollista, aburrida y sórdida que nos horrorizó.
FOTO: Catedral-hangar de El Aaiún, probablemente la más espantosa del mundo y uno de los pocos restos españoles que quedan en la ciudad. Todos esos vehÃculos aparcados son de la MINURSO, la misión de la ONU para el Sáhara Occidental, la misma que fracasa año tras año en encontrar una solución al conflicto.
Aunque tenÃamos previsto dormir en El Aaiún cambiamos de opinión (benditos viajes no planificados) y pese a tener el cuerpo poco serrano decidimos coger un taxi y viajar una etapa más, hasta Dakhla (llamada Villa Cisneros en época de la colonia).
Básicamente el Sáhara Occidental consiste en una gran planicie con pocos matices de relieve ocupada por un tipo de paisaje que dicen en árabe “hammadaâ€. Consiste esto básicamente en terrenos muy secos, en los que crecen algunos matorrales y en los que al estar el suelo muy suelto y casi constantemente batido por los vientos alisios (de noreste a suroeste) se acumula en montoncitos de arena que en algunas zonas forman dunas. Los casi mil kilómetros que tiene el Sahara Occidental de norte a sur son asÃ. El ver pasar este paisaje constantemente delante de uno es, sÃ, cansino, pero también transmite con éxito la fuerza y la dureza de la región y de la vida en ella. A mà me fascinan los sitios estériles y de clima áspero, asà que contemplaba el paisaje con deleite. Supongo que a otros horrorizarÃa.
Alfredo trajo al viaje el libro “Viento y arenaâ€, de Vázquez Figueroa. Algo autohagiográfico y escrito cuando tenÃa 23 años, habla de su juventud en Cabo Jubi (ahora Tarfaya) y de sus vivencias por el Sahara aliñadas con algo de levadura. Lo leÃmos mientras hacÃamos esta parte del viaje y envidiamos su infancia y juventud en la colonia. Ahà vivÃa, fascinado, desubicado en ese medio hostil pero tan estimulante, un sitio en el que al madurar difÃcilmente podrÃa acabar siendo alguien convencional. La gente manda a sus hijos a estudiar a Londres, pero tal vez serÃa más provechoso mandarlos aquà para que disfrutaran de estas grandes extensiones vacÃas. Yo lo hubiera preferido a aquel sórdido colegio de Escolapios.
FOTO: TÃpico paisaje saharaui, la hammada. En concreto esta zona, al sur cerca de El Aaiún corresponde a la larga (unos 100 kilómetros) cinta transportadora de fostatos que lleva el mineral del interior del Sáhara (mina de Bu Craa) al puerto de El Aaiún para su exportación. Era objetivo sencillo y estratégico para el Polisario, claro. Fue construida por España en la época de la colonia.
El camino entre El Aaiún y Dakhla lleva unas cinco horas, en las que la única población reseñable que se atraviesa el Cabo Bojador (ahora Boujdor), que resultó ser poco más que un chabolario. La sensación de que uno se dirige al fin del mundo es inevitable y es bonito abandonarse a ella y sentirse un poco en Tatooine.
Tras cruzar muchos controles militares, cuyo fin no parece muy claro, ya que se conforman con que se les entregue fotocopias de los pasaportes, llegamos, ya de noche, a Dakhla.
Nuestro hotel, el primero que encontramos libre, es un andrajo. Las vistas desde nuestra habitación son un rebaño de ovejas que tiene el vecino (que es carnicero) en la azotea de su casa. Es corto el viaje vital de esos animales. Nacen, crecen, re reproducen, son descuartizados y son vendidos en el mismo sitio. Todo el hotel es repulsivo y el olor de los baños va más allá del habitual, hasta hacerse algo espeso.
Dakhla resulta ser una ciudad bastante acogedora, con sus calles no demasiado sucias, sus casas blanqueadas y su casi paseo marÃtimo. Como estamos cansados de tanto transporte decidimos pasar un dÃa completo para pasearla y buscar con tranquilidad un transporte que nos lleve al dÃa siguiente a la frontera con Mauritania, o más allá si pudiera ser.
FOTO: Esa lÃnea del horizonte rota es la ciudad de Dakhla. Como se aprecia está en mitad de la nada más absoluta.
Al tener un dÃa completo libre para nuestro solaz y al ser gente de natural inquieta decidimos resueltamente acercarnos a ver el antiguo faro portugués, levantado en el punto más occidental de la penÃnsula de RÃo de Oro sobre la que se asienta Dakhla. En un sitio en el que no hay casi nada, los “casis†son visita obligada. Cogimos unos taxis que tras no entender del todo por qué querÃamos ir hacia allà nos dejaron para nuestra estupefacción en mitad de un vertedero maloliente en el que empezaba un camino en mal estado que habÃa que recorrer para llegar al faro. Como decÃa que somos gente resuelta, en lugar de volvernos derrotados, que parecÃa lo más razonable, cruzamos el vertedero animosamente y luego una larga extensión de hammada. Y todo para llegar a un faro arruinado y fuera de funcionamiento desde hace muchos años. Pero el lugar tiene innegable encanto: es bonito, está aislado, ahà nos aguardaba el mar y, en fin, los faros siempre me parecieron lugares especiales. Ya no funciona, decÃa, como casi nada en esta parte del mundo, pero en la caseta del farero viven ahora, un poco como ermitaños, un señor sin dientes y su familia. Aunque no nos dejó visitar el faro, sà nos enseñó lo último que habÃa pescado: un gran sargo que pedÃa que lo asaran. En estos sitios parece preferible saber pescar semejantes bichos a tener dientes o a saber encender el faro.
No hizo un calor excesivo en Dakhla, ya que las temperaturas están moderadas por la frÃa corriente de Canarias que baja por la costa. Por lo que se ve sólo los dÃas de levante, con sirocco lleno de polvo, son agobiantes. Ese dÃa, un 29 de Octubre, hubo en Dakhla temperaturas agradables: una mÃnima de18,2 ºC y una máxima de 24,1 ºC
De vuelta en Dakhla fuimos al Hotel Sahara, ya que sabÃamos que ahà se podÃa contratar los servicios de alguien que te transportara a la frontera. Hasta hace pocos años sólo se podÃa llegar a la frontera los martes y los viernes con un convoy militar organizado al efecto. Pero el territorio está ya muy pacificado y desde hace unos años se puede viajar libremente por la carretera que va hacia Mauritania. En la puerta del Hotel Sahara apareció un negro mauritano de rasgos aristocráticos vestido con una gran y ondeante túnica azul claro con bordados amarillos y dorados (más tarde nos dimos cuenta de que esa prenda engorrosa viene a ser el traje nacional mauritano). TenÃa una furgoneta y nos llevarÃa a Nuadibú (la primera ciudad tras la frontera de Mauritania) por un precio razonable (unos treinta euros por cabeza). “A las siete en nuestro hotel, estupendoâ€. “¿Iremos solos?†“Oui, ouiâ€.
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| Por la zona visitada (Marruecos, Mauritania y Senegal) la estafa a los viajeros está a la orden del dÃa. Es cotidiana, pero de muy bajo nivel. Los casos de violencia o de robos son muy raros; lo que sà es muy frecuente es pagar por las cosas más de lo que valen y el que te “lÃenâ€, mareen o acosen para sacarte algo de dinero, por poco que sea. Es natural ya que piensan, y acaso tienen razón, que todos somos los occidentales somos ricos. En cualquier caso este comportamiento de los naturales hace que los extranjeros en seguida nos volvamos desconfiados y vamos a comportamientos pintorescos.Pero los viajeros no somos los únicos en volvernos desconfiados. Con Hassam, nuestro chofer transfronterizo, tuvimos un pequeño altercado derivado de la falta de confianza.
HabÃamos acordado el precio para cruzar la frontera y debÃa ir a buscarnos al hotel temprano al dÃa siguiente. Él esperaba que le pagáramos al momento, aunque le dejamos claro que el pago serÃa al dÃa siguiente. Ya circulando hacia el sur él estaba preocupado y cada vez más por su dinero. Cuando paramos a repostar en una estación de servicio en medio de la nada nos pidió el dinero para pagar la gasolina. Era razonable, asà que decidimos darle la mitad en ese momento y darle la otra mitad en Nuadibú. Pero no le gustó. De tÃo simpático y sonriente estaba cambiando a uno indignado y enfadado. Él insistÃa en que le pagáramos todo en ese momento. Nosotros desconfiábamos ya que creÃamos que nos podrÃa dejar tirados en cualquier sitio o podrÃa decidir dejarnos en la frontera y que nos buscáramos luego otro transporte. Él insistÃa cada vez más y mostraba el dinero que los demás pasajeros ya le habÃan pagado ¿Qué hacer? Por un momento pensamos en plantarnos y negarnos a pagar. Si realmente él iba a llevarnos hasta Nuadibú y ya tenÃa suficiente para la gasolina… ¿por qué querÃa el dinero ya? No tenÃa sentido. Pero creÃmos que él podrÃa estar pensando que si de todas formas le Ãbamos a pagar… ¿por qué no pagábamos ya? La conclusión a la que llegamos es que, si bien nosotros nos sentÃamos indefensos si decidÃa dejarnos e irse, él se sentÃa indefenso si llegados al destino decidÃamos no pagar la mitad que faltaba aduciendo cualquier razón. En el primer caso le denunciarÃamos a la policÃa marroquà o mauritana y posiblemente lo cogerÃan, ya que parecÃa un personaje conocido: no debe ser muy agradable una celda o una paliza a manos de esas policÃas bárbaras. En el segundo caso, pensamos, la policÃa mauritana no querrÃa meterse en lÃos y probablemente darÃa la razón a seis occidentales antes que a un mauritano con una furgoneta destartalada. Le pagamos. Y acertamos, ya que todo el viaje se realizó sin incidentes. A veces tenemos la sartén por el mango y no lo sabemos. |
A las seis y media de la mañana apareció nuestro atractivo chofer (al que por razones absurdas, que acaban siendo las más memorables, acabamos llamando Sam Perkins). El vehÃculo debió haber sido muy malo en su vida anterior para reencarnarse en lo que era ahora. Se trataba de una gran furgoneta, destartalada, sin asientos, con los cristales manchados para hacerlos oscuros, con el suelo adecentado a base de alfombras y en la que ya viajaban cuatro mauritanos y un marroquà rumbo al sur, los cuales no paraban mientras tanto de cocinar, en marcha, con un hornillo de gas, espeso té que gentilmente nos ofrecÃan.
FOTO ARRIBA: Nuestro medio de transporte. FOTO ABAJO: Recién llegados a Nuadibú. De izquierda a derecha: Cristina, Bea, Sam Perkins, Hugo, Mario, Alfredo y un servidor de Vds.

FOTO: Haciendo té en una furgoneta en marcha
La frontera entre Marruecos y Mauritania tiene una peculiaridad que no sé si se da en muchos otros lugares: la aduana marroquà no está junto a la aduana mauritana. Entre ellas hay una franja de unos cinco kilómetros de ancho no reivindicada o no controlada por ninguno de los paÃses. En la bibliografÃa aparece como “No man’s land†o “Kandaharâ€. El caso es que esa franja, desértica, está totalmente minada y hay un camino (no pavimentado, claro, ya que nadie se encarga de ello) hecho a base de rodadas que hay que seguir sin desviarse hasta llegar a la otra frontera. En ese camino hay coches aparcados, una poca gente que no se sabe muy bien qué hace y chatarra de coches que tropezaron con minas. En Internet hay alguna historia de miedo de gente atrapada en esa zona sin permiso para entrar en ninguno de ambos paÃses.
No está muy claro qué pasarÃa si tuvieras problemas en esa zona, ya que ni las autoridades marroquÃes ni mauritanas parecen querer saber nada de lo que allà ocurra. Además el sitio en sà da la sensación real de estar efectivamente fuera de cualquier jurisdicción. La gente que merodeaba era inquietante. Alguien nos explicó que guardaban los coches de aquéllos que no tenÃan los papeles en regla para entrar en Marruecos o en Mauritania o eso le entendimos. Pero casi nada tenÃa sentido allÃ. Además, para redondear las cosas raras, un camión con grúa recogÃa la chatarra de los coches incendiados y la llevaba a Mauritania.
FOTO: Un coche explotado en la inquietante tierra de nadie entre Marruecos y Mauritania. ¡La foto no es de Internet! ¡La hicimos nosotros por la ventanilla!
Tras esos cinco o seis kilómetros de camino llegamos a la frontera de Mauritania (nosotros llevábamos nuestros visados en regla porque no querÃamos quedarnos en No man´s land; si vais, haced lo mismo). Los trámites fueron lentos (ah, quien pudiera trabajar a ritmo de funcionario africano) y nos registraron las mochilas con mediano interés. Parece ser que Mauritania está empezando a usarse como punto intermedio para el trasiego de cocaÃna entre América y Europa.
Otra vez a la furgoneta ¡y ya estábamos en Mauritania!
CAPÃTULO II “Grandes†ciudades de Mauritania
Nuadibú es la capital económica de Mauritania. Está sentada en el lado bueno de una penÃnsula que comparten Mauritania y Sahara Occidental. Tiene una gran flota pesquera, el único puerto importante de la zona y recibe abundante mena de hierro de la gran mina que hay en Zouerat, en el interior, que se exporta Ãntegramente.
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| El mineral de hierro llega al puerto de Nuadibú en “el tren más largo del mundoâ€. Se trata de un convoy de 2,5 kilómetros de vagones. Cuando lo vimos daba la sensación de que nunca terminaba de pasar. Hay entre tantos vagones de carga un vagón para pasajeros y te puedes apear en Choum o en Zouerat, ambas en el interior del desierto. Valoramos seriamente la posibilidad de tomarlo hasta Choum, pero hubiera implicado doce horas de comer polvo y acabamos optando por otro camino. |
El paisaje mauritano es sensiblemente diferente al saharaui. Empiezan a aparecer más rebaños de camellos (dromedarios en realidad, pues tienen sólo una joroba) y más arena, que forma dunas cada vez más altas. Parece que existe más nomadismo en Mauritania: se ven jaimas (la espaciosa y cómoda tienda de campaña tradicional), hay cierto movimiento humano, los camellos abundan. Probablemente la guerra del Sahara Occidental ha llevado a acabar con el nomadismo en esa zona por el miedo del ejército marroquà a que los nómadas pudieran ser un apoyo al Frente Polisario. En cambio no parece que haya sido reprimido en Mauritania, y ha ido manteniéndose y parece que casi toda la población que no vive en las únicas cinco o seis ciudades es nómada o semi-nómada.
SabÃamos que Mauritania es un paÃs pobre (el Ãndice de Desarrollo Humano es de 0,486, o sea, bajo, similar a Senegal, HaitÃ, Djibouti y otros). Pero la pobreza aparente de la presunta capital económica del paÃs nos impactó. Nuadibú (aproximadamente 100.000 habitantes) sólo tiene una calle pavimentada y es una sucesión de chabolas de bloque de hormigón entre las que las cabras husmean las toneladas de basura que están esparcidas por todas partes.
Habitualmente a priori los occidentales tenemos miedo en estos sitios, ya que en seguida nos recuerdan a los peores barrios marginales de las ciudades grandes, en los que generalmente hay mucha violencia y delincuencia (recuerdan a lo que sale en las noticias de las Barranquillas, el Salobral o la Mina). Por eso cuando llegamos a estos sitios tenemos la sensación de que nos van a robar o a pegar. Pero no es asÃ. No son ni marginales ni delincuentes, y nos cuesta un rato darnos cuenta. Sencillamente son pobres. Uno de nuestros compañeros de viaje en furgoneta se despidió y bajó: vivÃa en una de esas chabolas.
FOTO. Una calle tÃpica de Nuadibú
Cuando uno recorre estos sitios sin más planificación que el antojo, uno acaba en manos de las gentes más variadas. Y a menudo uno acaba en buenas manos, interesadas pero buenas, y la estancia es agradable. De una forma u otra acabamos en manos de un sujeto (al que llamamos con el no muy ingenioso nombre de “el Gordoâ€) que no facilitó nuestra estancia en Nuadibú y que nos acabó robando el tiempo y hastiando. Por si alguien va, atención a que no le coma la oreja el tipo que lleva el Camping Asimex. Habla español y sus cortinas kitsch son despanzurrantes, pero todo lo demás son inconvenientes.
Salimos a la mañana siguiente a recorrer el mercado y con intención de ver el célebre cementerio de barcos. El tiempo, estupendo, y malo serÃa que lloviera: en lo que va de año sólo ha habido tres dÃas de lluvia en Nuadibú. Aquel dÃa hubo 28,5 ºC de máxima. Las calles bullÃan llenas de gente y las tiendas de productos. Los precios están a nivel europeo, ya que aquà casi todo es de importación: el desierto es apasionante, pero estéril. Asà que los mauritanos comen especialmente pescado, que es lo poco que abunda. Nuadibú es buena para la langosta: vimos un par de españoles –de los pocos guiris que estábamos- con poca pinta de escrupulosos que parecÃan dedicarse a la exportación de marisco. Existe mucha relación entre Nuadibú y España (especialmente con la cercana Canarias). España tiene incluso un consulado en Nuadibú, feo y destartalado: lo hemos propuesto, por cierto, como el consulado español más cutre del mundo. Si alguien tiene otros candidatos podemos organizar un campeonato, pero va a ser difÃcil superar eso.
FOTO: Cementerio de barcos en las afueras de Nuadibú. Si eres una naviera con pocos escrúpulos es más barato varar aquà un barco que llevarlo a desguazar. Y la policÃa está ocupadÃsima haciendo controles de carretera. La gente se lleva todo lo aprovechable hasta que queda un esqueleto oxidado: hay cientos a lo largo de toda la costa, que se pueden ver muy bien en Google Earth.
El dÃa anterior habÃamos contratado un viaje en todo-terreno a través del Banc d’Arguin hasta llegar a Nouakchott, haciendo noche en el camino. El Banc d’Arguin es un enorme parque natural (es patrimonio de la UNESCO) que consiste en dunas y arena que el alisio arrastra hasta el mar, generando una zona de interacción continente/océano singular, en la que el mar está parcialmente colmatado de arena y tiene poca profundidad incluso a muchos kilómetros del continente. Es una zona deshabitada, muy bella y en la que abundan las aves y la pesca. Pero todo esto que escribo sale de la bibliografÃa, porque gracias a nuestro guÃa no vimos prácticamente nada.
Nuestro guÃa nos llevó a dormir a una jaima (tienda de campaña grande tradicional) situada a la orilla del mar, cerca del Cabo Tafarit. Vimos atardecer en el mar, el dueño de la jaima pescó y nos cocinó y disfrutamos de aquel sitio estupendo. De noche intentamos acechar animales. El objetivo era un fenec de los que por lo visto abundaban. Pero no hubo suerte, no vino al reclamo de los restos de pescado que colocamos y nos tuvimos que conformar con acosar a un pobre ratón y con que docenas de escarabajos acudieran a nuestras luces.
FOTO: Cabo Tafarit visto desde la jaima.
Al dÃa siguiente, por la imbecilidad de nuestro guÃa, no cruzamos el Banc d’Arguin como estaba previsto y salimos en seguida a la carretera que nos conducirÃa a Nouakchott. Esta carretera no ha existido hasta 2005 y antes de ella para viajar entre Nouakchott y Nuadibú habÃa que recorrer la playa en bajamar cruzand todo el Banc d’Arguin: esa era precisamente la ruta que querÃamos hacer y de la que nos privó.
RecorrÃamos Mauritania hacia el sur y daba la sensación de que la parte más dura del Sahara iba quedando atrás. Empezaba a aparecer alguna acacia en mitad de la planicie reseca y empezaba a haber más cabras que camellos. También apretaba el calor: 35,0 ºC hubo ese dÃa en Nouakchott. No está mal para ser 1 de Noviembre. Este año han llegado a marcar 45,3 ºC que no es tanto, pero no es poco. Ese clima es de pesadilla.
Nouakchott ha resultado ser una ciudad desolada y una capital atÃpica. Uno se espera un centro, por mÃnimo que sea, medianamente occidental… con unas pocas calles con comercios occidentales, varios hoteles con algunas comodidades, aunque todo ello sea rodeado de pobreza y de grandes suburbios, claro. Pero en Nouakchott ni siquiera existe ese centro. El centro de la ciudad sigue siendo una especie de campamento venido a más: es sólo el cruce de dos calles un poco más anchas que las demás. Todo lo preside el Hotel Mercure, el único edificio de ocho plantas de todo el paÃs. El rango de capitalidad sólo se nota que hay muchas calles pavimentadas y que ya suma un millón ochocientos mil habitantes que se apelotonan en el bidonville que ha crecido (de forma notablemente ordenada, eso sÃ) en los alrededores de la ciudad.
FOTO: Mercado de ganado en la parte sur de Nouakchott
Sólo el centro de Nouakchott tiene agua y electricidad (al parecer hay una central de gasoil de 28 Mw para toda la ciudad). En la ciudad abundan los pozos, y se puede ver burros cargados con bidones que la reparten y venden. La ciudad fue creada de la nada por los franceses en la década de los 50 y en ella han ido asentándose las miles de personas que en los 70 y 80 huyeron de las sequÃas que acabaron con su frágil forma de vida nómada.
FOTO: Pozos de agua dentro de la ciudad de Nouakchott. Ni disponÃan de bomba manual: el agua se sacaba con cuerda y caldero.
La ciudad de una sensación muy triste. Carece de monumentos, salvo tal vez la Mezquita SaudÃ, que tiene dos altos minaretes y preside el centro. El tráfico es desastroso y los mercados me parecieron bastante anodinos. Además el islam (el nombre oficial de Mauritania es República Islámica de Mauritania y toda su legislación y costumbres son de inspiración islámica) es a Nouakchott lo que el cristianismo a un pueblo de Castilla: la gente no parece alegre ni sociable sino adusta, rigurosa, introvertida. (Por cierto que existe un museo nacional que no debe estar nada mal pero finalmente no pudimos visitarlo).
Pese a todo me ha parecido que Nouakchott es parada obligada. Es importante para ver con ojos propios qué demonios está pasando en Ãfrica con el crecimiento de las ciudades. Personas que no tienen nada que hacer llegan por mirÃadas a un sitio en el que no hay nada que hacer para vivir una vida entre basura que, pese a todo, debe ser mejor que la vida rural que abandonan. No hay industria, no hay servicios, no hay empleo. Y la gran paradoja de estos sitios llenos de gente que no tiene nada que hacer es que precisamente son sitios en los que todo está por hacer. Alrededor de esto es especialmente interesante lo que cuenta al respecto Kapuscinski en su libro Ébano, cuya lectura es muy recomendable, acerca los “bayaye†de Lagos, de su actitud, de su falta de futuro, de sus vidas de asco.
Bueno, ya habÃamos llegado a Nouakchott y nuestro viaje avanzaba firme hacia Dakar. Era momento de hacer una disgresión, de divagar un poco y dejar de viajar hacia el sur, y adentrarnos un poco en el Sahara de verdad. No en el Sahara de la costa moderado por las brisas, no. Sin tontadas: al interior, a la sed. Asà que alquilamos dos pick-ups con conductor, compramos saladitos como aperitivo y nos volvimos hacia el norte, en dirección a Atar, la capital de la región desértica de Adrar.
CapÃtulo III. Los turistas del desierto y el camino de Senegal
Después de no pensar en más que en ganar grados de latitud hacia el sur se agradece dar un paseo que no lleve a ningún sitio. La ruta que tenÃamos prevista es de las más corrientes que se hacen en Mauritania: Nouakchott-Atar-Chingetti-Ouadane-Guelb er Richat-Nouakchott. Es turÃstico porque es muy bonito y desde que el paÃs tiene cierta estabilidad polÃtica es una ruta muy transitada. Incluso hay agencias francesas que fletan vuelos exprés llenos de turistas que aterrizan en un aeropuerto de la zona, hacen el tour de cuatro o cinco dÃas y se vuelven sin haber visto más del paÃs. Para ellos Mauritania es muy mona, lo que estará bien, pero no es muy exacto.
Salimos camino al noroeste, por la única carretera posible, bien pavimentada por cierto, atravesando planicies gigantes de arena blanca muy fina. El dÃa era ventoso y llegaba a levantarse una tenue tormenta de polvo que informaba del infierno que debe ser vivir en esos lugares: se ven jaimas y cabañas dispersas, hay población. Además de molestar el viento y el polvo, el calor aprieta. Atravesábamos la nada y salvábamos sucesivos controles militares. En uno de ellos coincidimos con otra pick-up con guiris que llevaba nuestra ruta. Hugo se baja del coche, alucina, se acerca a uno de los guiris, le abraza y dice “qué pasa, Joseleâ€. El colmo de la casualidad podrÃa ser encontrarse a un vecino de Alcoy en mitad de Mauritania.
FOTO: La única ciudad que se atraviesa en la ruta al norte es Akjoujt, que es la capital de la región de Inchiri. Ésta es la calle principal. Estoy en posición de asegurar que entre el equipaje del coche de la foto hay una cabra viva (y balando) embalada entre colchones y otros bultos
Mauritania no tiene grandes montañas (la altura máxima del paÃs no llega a los 1.000 metros), pero existe una pequeña cordillera que cruza el paÃs de noroeste a sureste y que es importante porque determina la creación de una importante franja con oasis en mitad del desierto. Nos acercábamos a ella y se veÃa que el relieve se alzaba bruscamente en paredes de gran pendiente (que parecÃan muy erosionadas por el agua). Abandonamos la carretera y entramos en un camino que nos conducirÃa al oasis de Terjit. El oasis aparecÃa súbito, como un tortazo, verde sobre el fondo marrón. En él pasamos la tarde. Nos bañamos y paseamos entre las palmeras, perezosos. Llegó una excursión de gente muy gritona (y confirmando el tópico, resultaron ser españoles).
FOTO: En Terjit un servidor de Vds., de pie, mirando los pechos de Cristina que, indiferente, abraza a Alfredo. Detrás, en la hendidura entre las montañas estériles y erosionadas una surgencia de agua crea un gran palmeral, una poza, un rÃo que fluye, campos de cultivo, un pueblo de cabañas y, hoy en dÃa, un establecimiento turÃstico sencillo, a base de jaimas.
Desde Terjit nos dirigimos a Atar, que es la capital de la región de Adrar. Es una ciudad fea, sin demasiado interés, pero con un importante mercado. En él acabamos metidos, mareados por los comerciantes que enseñan sus productos y nos persiguen esgrimiéndolos, mientras huimos, acosados. Algunos del grupo (y los hay casi tan viajeros como Richard Burton) decÃan que nunca habÃan estado tan asediados por los vendedores. Yo creo que el agobio lo daba el calor con los 38 ºC de ese dÃa. En cualquier caso, no pudimos evitar la reflexión (que aunque manida y muy oÃda probablemente real) de que por donde hemos pasado con frecuencia los occidentales de viaje o de turismo hemos corrompido la forma de vida. Y asà que lo que era un bullicioso mercado del dÃa a dÃa se transformaba con la llegada de occidentales en la caza y captura del comprador de orfebrerÃa, telas o cualquier quincalla, promocionándose los vendedores de forma agresiva, obscena, en plan Telefónica.
Los niños de Atar (atarenses, atarinos, ¿atados?) llevaban todos –parecÃan un juramento- unas cartulinas con tÃpicos dibujos de niños: mamá, una casa, el sol, una vaca. Por la parte de atrás estaba escrito el nombre del niño, su teléfono (creo) y su edad. VendÃan sus cartulinas por la voluntad, sin demasiado éxito. Uno de los niños, más vivo, me dijo que hacÃa colección de monedas de euro y me enseñó su colección: monedas de 10, 20 y 50 céntimos; me pidió alguna que no tuviera. Piqué y le di una moneda de euro. Luego pensé en lo primo que soy…
FOTO: ¡Hay gente por aquà que vive como en tiempos bÃblicos!
Aprovechamos la tarde para visitar Fort Saganne, una fortaleza en ruinas construida por los franceses (en un sitio que no nos pareció demasiado estratégico, pero bueno) y las pinturas rupestres de un par de asentamientos de la zona. Hay dibujadas jirafas y otros animales, lo que ahora parece absurdo, pero es congruente con la fauna y vegetación que debió existir aquà durante las glaciaciones.
La siguiente parada, donde dormimos, fue Chinguetti. Chinguetti es una ciudad oasis poco resguardada que está siendo comida por las dunas… pero como lleva en esa situación desde que se fundó en el siglo XIII ya están acostumbrados. De hecho una parte de la ciudad está abandonada y la ciudad más antigua, sepultada en el desierto. Recalamos en un hotel extraño con almenas, que sólo daba electricidad a ratos y en cuyas habitaciones-horno nos hubiéramos podido cocer como botijos. Preferimos dormir en la terraza, dando de comer a los abundantes mosquitos nuestras carnes turgentes empapadas en Relec.
Visitamos la ciudad y una de las antiguas bibliotecas, ya casi sin libros. Un hombre barbudo nos explicaba que Chinguetti es la séptima ciudad santa del Islam. No se sabe cuál es la cuarta, quinta ni sexta, para lo que se postulan docenas de ciudades en competición. Lo que sà es verdad inmanente es que la séptima es Chinguetti. Por si alguien pensaba que sólo el cristianismo es absurdo.

FOTO: TÃpica foto de Chingetti. La foto no es mÃa, como bien intuÃs por su buena calidad, certeros crÃticos de fotografÃa. Está sacada de Internet. Mi cámara empezó por entonces a dar problemas. Hay arena en su mecanismo y cuando gira el objetivo hace crrr crrr.
Visitado Chingetti tomamos el camino viejo a Ouadane. Y entre lo bueno del camino viejo figura su ridÃcula condición de que no es un camino en absoluto: se va entre dunas, siguiendo las rodadas de otros vehÃculos, si las hay. Nuestro chofer, al que en España no le quedarÃan ya demasiados puntos, resultó ser un consumado y alocado conductor sobre arena.
Aprecio mucho un libro titulado Ébano, de Ryszard Kapuscinski, un periodista polaco que murió hace apenas unos meses. Por su profesión –era el corresponsal polaco de prensa para todo Ãfrica- vivió mucho tiempo en diversos lugares del continente. Uno de los relatos del libro trascurre precisamente en los alrededores de Ouadane, probablemente cerca de la zona que recorrÃamos. Cuenta el miedo a morir de sed que pasó cuando el camión en el que viajaba se estropeó… y se dio cuenta de que el chofer sabÃa tanto de motores como de cohetes. Aunque eso pasó hace unos cuarenta años y ha perdido ya toda vigencia. Ahora antes se morirÃa en esta zona atropellado por un todo-terreno que de sed.
FOTO: El camino entre Chingetti y Oudane está lleno de dunas. No obstante sólo un 10% del Sahara o asà son dunas. El resto es hammada o pedregales. Asà que estas tÃpicas fotos souvenir del desierto subido en una duna tienen el regustillo del montaje buscado. Pero qué gozada.
Ouadane fue una gran ciudad que quedó abandonada hace siglos debido a una plaga de termitas. Tuvo gran importancia comercial en su dÃa y ahora es un villorrio que vive en gran parte del turismo. La AECI (Agencia Española de Cooperación) ha sido la promotora de un proyecto con el que se ha organizado, señalizado y creado un sistema de visitas de pago. Nos pareció que el proyecto habÃa funcionado razonablemente bien. Hubimos de ir a una casa-taquilla (de pinta algo sospechosa en todo caso), comprar unos tickets y hacer una visita guiada y comentada.

FOTO: Ouadane, una ruina en mitad del desierto. Es Patrimonio de la UNESCO. Está en un alto y las vistas son notables
Llevábamos en mente visitar Guelb er Richat (“El Richard†le dicen), que parece visto desde un satélite el ombligo del mundo. Cerca de Ouadane existe esta formación con aspecto de cráter, cuyo origen parecen ser fenómenos volcánicos asociados a periodos de erosión. Su diámetro es de unos 45 kilómetros. La parte mala es que si bien desde arriba es espectacular, desde abajo no se aprecia toda la formación y uno no llega a sentirse la pelusa del ombligo. Lo quitamos de la agenda para no andar con prisas y poder disfrutar del desierto sin agenda. Pongo una foto, sacada de Internet.

FOTO: Guelb er Richat visto desde un satélite. En los mapas de Mauritania llama mucho la atención. Supongo que en otros climas hubiera acabado siendo un gran lago.
La última noche del desierto decidimos pasarla al raso. Anocheciendo, detuvimos los coches, extendimos unas lonas (joya de chóferes que llevábamos), sacamos los sacos y nos tumbamos a dormir. Circulan dos mitos sobre los desiertos que merecen revisión. El primero dice que las estrellas aparecen muy brillantes y por miles. El segundo que por la noche hiela o hace mucho frÃo. La realidad dice por una lado que el aire del desierto está especialmente turbio (mucho polvo en suspensión) y las estrellas se ven peor que en otras zonas no iluminadas (la montaña española, por ejemplo); y por el otro, que las temperaturas normalmente no bajan tanto, y las noches son más bien calurosas (las mÃnimas en Atar en verano rondan los 25/30 ºC y en invierno los 15/20ºC; con mÃnima más baja de 11,7 ºC en este año 2007).
FOTO: Amanece el dÃa 5 de Noviembre, cerca de Ouadane.
En el viaje de vuelta a Nouakchtt –habÃa que seguir rumbo al sur, ya tocaba- tuvimos el enésimo incidente con la automoción. Si bien nuestro chofer era un gran conductor de dunas, no por eso dejaba de ser un bruto que circulaba a 100 km/h por pistas de zahorra en mal estado. Asà que después de tener un problema en el diferencial y hacer que funcionara con un improbable arreglo a base de cuerdas tensadas, acabó partiendo el eje unos kilómetros después.
Hacinados –ya tenÃamos las articulaciones hechas por la costumbre- en la pick-up que nos quedaba volvimos a Nouakchott en unas seis horas de viaje, llegando ya de noche. El otro conductor, más resignado que animoso, cargó un eje de repuesto y se volvió al lugar de la averÃa, otras seis horas, para hacer la reparación. Y otras seis de vuelta. No suena a muy eficiente. Y lo poco que apreciamos en Occidente a nuestras aseguradoras…
A la mañana siguiente buscamos quien nos llevara hacia el sur, a Rosso, a orillas del rÃo Senegal. En el mismo hotel encontramos una furgoneta ruinosa que nos podrÃa llevar a la estación de taxis del sur, que se encuentra a varios kilómetros del centro de la ciudad. Atravesamos el mercado de pescado y los vertederos y suburbios del sur de Nouakchott, que parecen campamentos de refugiados tras el paso de un ciclón y de una lluvia milagrosa de parabólicas. Llegamos a la estación de taxis. Por comodidad, por no bajarnos en aquel entorno que parecÃa tan poco paseable, decidimos que ya que nos habÃa llevado hasta allá bien podrÃa llevarnos hasta Rosso. Pactamos el precio con aquel hombrecillo monodiente. Y asÃ, tras tres horas a cincuenta kilómetros por hora (avanzar con aquel motor achacoso serÃa ilegal en casi cualquier paÃs del mundo), atravesando una tormenta de polvo, y tras tres paradas para a echarle agua al motor (no sólo en la refrigeración ¡también se la echaba por encima!) conseguimos llegar a Rosso.
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| Es habitual, sobre todo en novelas o revistas y entre occidentales, describir Ãfrica u otras zonas tropicales, tercermundistas, con palabras muy hinchadas: “en estado puroâ€, “exuberanteâ€, “preciosoâ€, “auténtico  Pero sospecho que es todo mentira, una patraña, cosas que se dicen. El tercer mundo viene a ser un amasijo de chabolas hechas de residuos industriales (aquà un somier, aquà una chapa) puestas en un descampado lleno de bolsas de plástico dispersadas por el viento. Asà serÃa la realidad de un observador imparcial porque asà es casi todo, salvo lo que se ha adecentado mÃnimamente para los visitantes. Y es que estamos ya en el siglo XXI y lo auténtico en esta época y este sitio es una chabola con parabólica. El trópico es un desastre. Lo verdaderamente notable, es que esa locura, ese caos, ese asco, pese a él y gracias a él, ejerza una tan fuerte fascinación. Porque vamos y nos acaba gustando. |
Rosso es una ciudad fronteriza (o sea, algo chunga) que está dividida en dos por el rÃo Senegal (que es el único rÃo continuo de Mauritania). La parte norte es mauritana y la sur senegalesa. Entre ambas orillas circula un trasbordador. Por lo visto está previsto construir un puente, pero no vimos en la zona una actividad frenética al respecto
Rosso. Gente con carros llenos de mercancÃa, liantes, buscavidas, mendigos, ninguna información de qué hacer, una cola de gente formando montón ante unas puertas -¿las del trasbordador?- Allà estábamos los seis, con cara de pazguatos, pensando en de qué va esto. La puerta abre una rendija y sale un militar malencarado. Un buscavidas se acerca en plan gestor. El militar nos pide los pasaportes y 2.000 ougiyas (unos seis euros) por cabeza. SabÃamos que hay que pagar un impuesto de 1.000 ougiyas para salir del paÃs. Nos imaginamos que el recargo serÃa un soborno para lubricar los engranajes oxidados de la burocracia mauritana. El hombre echa a andar con nuestros pasaportes. Le seguimos como a mamá pato mientras avanza por calles extrañas y pensamos que ya nos la han metido doblada. Giramos una bocacalle y anda, es la entrada de peatones al ferry. Los carteles indicadores no abundan en Mauritania. El militar desaparece, se queda el chungo con nosotros. Ya estamos en el recinto. Se ve bien ancho el rÃo Senegal, marrón, pero lleno de vida, con piraguas atracadas, multitudes en las dos orillas y sÃ, un trasbordador que va llenándose de coches, camiones y gente con carros de mano. Aparece el milico, trae nuestros pasaportes. Y sÃ, tienen el sello de salida. Nos montamos en el trasbordador que está a punto de salir. ¡Nos vamos a Senegal! Y sÃ, el chungo viene con nosotros, no se aparta el cabrón. Fronteras terrestres: qué chungas sois.
FOTO: El rÃo Senegal desde el lado Mauritano
FOTO: Hugo, el chungo y Alfredo posan ante el RÃo Senegal. Lo del fondo es ya Senegal.
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| Cuando uno viaja a Ãfrica supongo que piensa que puede morir a manos de una guerrilla, en un robo, comido por las hormigas, por las fiebres palúdicas. No sé. Muertes con algo de gracia. Pero me parece que cualquiera de esas muertes es improbable. La habitual parece ser que es un accidente de carretera. Conducen muy mal, torpe, imprudentemente, vehÃculos muy viejos por carreteras en estado pesadillesco. Y lo peor no es que te lleve un loco, lo cual ya suena mal, sino que ese que ves venir de frente en una tartana abollada está igual de loco o más que el que te lleva a ti. No he encontrado estadÃsticas, pero pese al pequeño parque automovilÃstico de Mauritania y Senegal, Pere Navarro, aquÃ, no darÃa abasto. En Senegal, entre Saint Louis y Dakar vimos el resultado de un accidente frontal entre dos taxis: habÃa un fiambre y algunos heridos. Bueno, el muerto era un burro que se cruzó en la carretera, pero muerto estaba, a fin de cuentas. Y prometo que tuvimos, en varias ocasiones, miedo de verdad: un autobús que hizo la serpiente en Marruecos, carreteras que se ha llevado un rÃo en Atar y ya no hay tiempo de frenar porque circulábamos como en rally, adelantamientos kamikazes en Saint Louis. Y sólo ver la muy transitada carretera entre Thies y Dakar ya daba escalofrÃos… Pero bueno, volvimos. |
CapÃtulo IV. Senegal
El tránsito entre ambas orillas del rÃo apenas dura cinco minutos. Cuando se desembarca en Rosso-Senegal deben hacerse los trámites de entrada en el paÃs. Asà que nos encontrábamos en un recinto, rodeados de pesados, de cambistas y sin nuestros pasaportes, ya que se los habÃa quedado un nuevo militar, senegalés. Los cambistas ofrecÃan cambio de nuestras ougiyas o euros en francos CFA (“cefasâ€), que es la unidad monetaria no sólo de Senegal, también de numerosos paÃses del Ãfrica francófona. Su cambio oficial con el euro es fijo, pero en manos de los cambistas la cotización no cesaba de fluctuar.
Cambiamos algo de dinero y pasamos uno a uno ante una ventanilla en la que un militar te preguntaba la profesión y estampaba un sello en el pasaporte antes de tirártelo a la cara.
Si bien habÃamos leÃdo que el cambio de Mauritania a Senegal es muy brusco, ya que Senegal se encuentra en una situación económica, social y polÃtica mucho mejor que Mauritania, no resultaba evidente. Esto no es extensivo a Rosso-Senegal, que a bote pronto no parece tener demasiado que envidiar a Rosso-Mauritania en cuanto a miseria, suciedad y desorden. Estábamos en un mercado entre chabolas y las caras, los productos y las actitudes eran aún parecidas a las del otro lado del rÃo.
Buscábamos la estación de taxi de Rosso, donde encontrar un sept-taxi. Estos sept-taxi son la base del transporte público en Senegal y consisten en un coche con culo, estilo ranchera, equipados con baca en la que colocar el equipaje, con tres filas de asientos en la que caben el conductor y siete pasajeros. No es condición imprescindible pero sà habitual el que estén hechos polvo y que hayan vivido muchos y duros años por los caminos del paÃs. Estos vehÃculos no salen de la estación hasta que están llenos. Asà que siendo seis y no habiendo más pasajeros o bien se espera a que llegue alguien o bien se paga la plaza restante, lo que no resulta demasiado caro: asà que seis personas hacen buen número para viajar por Senegal.
La estación estaba a varios kilómetros del embarcadero y aconsejados por el chungo, que no se separaba de nuestros bolsillos, tomamos unos taxis de caballos, que son vehÃculo habitual en Rosso. Vienen a ser una especie de calesa tirada por un solo caballo desgraciado, gobernada por un niño inconsciente y cargada con tanto y tantos como quepan. Nos repartimos en dos. Otros niños se apuntaban al trayecto y se subÃan a la ya sobrecargada calesa, por la cara ya que los occidentales pagaban. El camino discurrÃa por una calle estrecha entre chabolas. Al poco se desató una carrera – como de cuadrigas- entre las dos, los látigos empezaron a chasquear, los caballos a galopar y se nos fue poniendo cara de agobio hasta que, ya entrados en faena, acabamos jaleando cada uno a nuestro conductor para ganar la carrera. Se acabaron quedando las vueltas del billete que les dimos, los pequeños cabrones.
FOTO: El taxi que perdió la disputada carrera.
Ya dentro de la estación de taxis negociábamos un transporte a Saint Louis mientras negociábamos con el chungo su comisión. Se iba poniendo más y más agresivo al ver que no recaudaba tanto como tenÃa pensado. En realidad uno nunca sabe. Cuando se acaba en manos de estos gestores accidentales y no se ha tenido la habilidad de negociar los honorarios de antemano siempre se ponen agresivos en la despedida para exprimir al máximo al guiri, independientemente de cuánto haya ofrecido este. Y claro, los guiris no sabemos a qué atenernos y no queremos lÃos. En estos casos creo que lo mejor es fijar una cantidad que a uno le parezca adecuada y no ceder más de un diez o un veinte por ciento extra, da igual lo dura que sea la presión. Esta presión será seguramente sólo psicológica –no te van a pegar, normalmente - y hay que tener en cuenta que en estos paÃses el tiempo de la gente es casi gratis, asà que una cantidad que parezca razonable seguramente será una cantidad muy generosa. Asà que nada de ceder a los chungos.
Cerramos forcejeando la puerta de nuestro taxi mientras el chungo insistÃa en el umbral con su verborrea acerca de lo justo y de lo malvados que somos. Y conseguimos irnos de aquella ciudad tan conflictiva.
FOTO: Seis occidentales montados en un sept-taxi senegalés. Este tenÃa unas cortinillas estilo coche mortuorio cubriendo las ventanillas.
Pronto fuimos viendo que el paso de la frontera supone un cambio real. El paisaje mudó al verde brillante de los campos de regadÃo y aparecieron pequeños pueblillos de paja, humildes, pero estables. Nada de eso habÃa en Mauritania: ni agricultura ni población fija fuera de las ciudades. Y es que los afluentes por la izquierda del rÃo Senegal son constantes y caudalosos, a diferencia de los del lado mauritano, tan torrenciales, irregulares y generalmente secos.
Saint Louis es una importante ciudad del norte de Senegal, aunque fue mucho más importante en el pasado que hoy en dÃa. De hecho fue la capital de toda el Ãfrica Occidental francesa (y eso es mucho porque ello abarcaba Mauritania, Senegal, Mali y Burkina Faso). La parte vieja de la ciudad está asentada en una isla del delta del rÃo Senegal y consiste en una cuadrÃcula de calles con manzanas rellenas de bonitas casas de estilo colonial. Todo se cae a trozos y está desconchado y las casas reformadas no son más que un puñado, pero no creo que haya muchos sitios con ese encanto decadente. Un puente metálico roblonado proyectado por Eiffel conecta la isla con el continente. Para redondear su encanto, Saint Louis es conocida por sus garitos nocturnos, sus músicos locales y su festival anual de jazz.. Cuando un dÃa me esfume si es que alguien quiere encontrarme no serÃa descabellado que se echara un ojo por allÃ.
FOTO: Llegando a Saint Louis, atravesando el puente metálico de Eiffel
Una cosa apasionante que tiene Senegal es lo buenos que están todos y todas. Se trata también de un paÃs musulmán, pero básicamente negro en sus formas de vida y en su manera de vivir el aspecto exterior y el gusto por la carne. Los chicos y las chicas son altos, delgados y de rasgos bastante afilados. Sus dentaduras son muy blancas y están perfectamente conservadas (probamos sin éxito a masticar esos palos con los que ellos mantienen su dentadura tan deslumbrante). Especialmente las mujeres visten muy bien, aunque los chicos tienen un vestir muy occidental, estilo Harlem, que también les favorece mucho. Y sÃ, parecen promiscuos. Y no todo es perfecto, ya que la homosexualidad no está bien vista.
Encontramos en Saint Louis un hotel mochilero agradable, barato (ojo al dinero, pues Senegal es más caro que Mauritania), con mosquiteras, incluso limpio, con un patrón agradable y educado. Y salimos a recorrer la ciudad. Después de soportar dos paÃses musulmanes con sus estrictas restricciones con el alcohol, nos sentamos en una terraza, con vistas al puente y pedimos cerveza. Nos sirvieron una cerveza senegalesa, marca La Gazelle. Pocas veces he tenido un gustazo semejante, y eso que me los he dado grandes. Qué rica. Además, tal y como deberÃa ser ley en los paÃses civilizados, no se expende en tamaños inferiores a pinta (630 ml). Es una cerveza suave, larga, muy amable, fabricada en Dakar. Si me entero de que se vende en algún lugar de España me voy a comprar una caja.

FOTO: Una botella de Biêre La Gazelle. La foto no es mÃa. Pero podrÃa: me traje una de recuerdo.
FOTO: TÃpica calle de Saint Louis. Mario avanza con decisión, no sabe hacerlo de otra forma.
Saint Louis, además de dedicarse a la música, vive especialmente de la agricultura de las fértiles tierras de los alrededores y de la pesca. De esta zona son originarias las embarcaciones que se han hecho tan famosas en España: los cayucos. Se encuentran por miles atracados en las playas, en las barras de arena y en los brazos de la desembocadura del RÃo Senegal. Incluso vimos la construcción –a base de sierra y martillo- de uno.
Nos contaba un muchacho que pese a la vigilancia aún siguen saliendo cayucos con emigrantes. Alguien con iniciativa y que quiera emigrar compra un cayuco, busca pasajeros entre senegaleses y especialmente entre otros africanos llegados a Senegal para dar el salto, vende los pasajes a buen precio (unos 1.000 euros, decÃan), compra provisiones, un GPS y un buen dÃa, de madrugada, se echan al mar a probar suerte. Si bien en el mundo occidental tan domesticado ya no nos quedan aventureros tan grandes como los hubo (esos Burton, Speke, Livingstone, Shackleton que se jugaban la vida por ver un mundo nuevo), sà que los hay aún en Ãfrica: y lo son toda esa gente que con razón o sin ella sigue jugándose la vida por ver Europa.
Una noche en Saint Louis (en Senegal se puede salir de copas y hay una interesante vida nocturna) acabamos escuchando a un grupillo que cantaba en la calle (con regusto total a Harlem). Un mauritano borracho hacÃa coros y dos senegaleses con voz excelente cantaban canciones, tradicionales y de nuevo cuño, en inglés, francés y sobre todo en wolof. Y algunas hablaban –un chico nos las traducÃa- acerca de la gente que emigraba. OÃa sin cesar la palabra Barcelona en las letras (claro, no entendÃa otra cosa). Creo que Barcelona se ha convertido en una especie de nuevo Eldorado para los africanos.
FOTO: Un ramal del rÃo Senegal que hace de puerto. Los cayucos son los barcos de pesca tradicionales de Senegal.
Las aves migratorias que abandonan Europa cuando llega el invierno en su viaje al sur han de cruzar el desierto del Sahara. No hace falta ser pájaro para suponer que un vuelo tan largo y sin escalas debe ser agotador. Pues bien: el primer humedal que se encuentra al atravesar el desierto es la Reserva del Djoudj, en los meandros finales y el delta del RÃo Senegal, junto a Saint Louis. En la época de Noviembre a Mayo se convierte en un enorme hervidero de aves. Por lo visto se han censado más de 400 especies. PelÃcano, flamenco rosa, garza púrpura, garzota, jacana, espátula, cormorán, marabú … También hay muchas especies de mamÃferos y reptiles, incluyendo hienas y cocodrilos.
Nos dimos un madrugón para ir (en una visita organizada) a la Reserva de Djoudj. Montados en una barcaza, rodeados de otros turistas occidentales, vimos facoceros (jabalÃes africanos), pelÃcanos por miles, avocetas, espátulas, cormoranes, garzas, águilas pescadoras, un pequeños martÃn pescador, un par de cocodrilos escurridizos e incluso un varano.
FOTO ARRIBA: Colonia de pelÃcanos (en primer término algunos cormoranes) en Djoudj. El hedor era notable. FOTO ABAJO: Conseguimos ver un cocodrilo. Un instante después de que lo fotografiara se echó a nadar y desapareció. Era pequeño: no medirÃa más de un metro y medio.
FOTO: Sorprendimos a este pobre varano nadando y lo perseguimos con la barca como paparazzis tras Carolina de Mónaco.
Vivimos dÃas muy calurosos en Senegal (hasta 40,0 ºC en Saint Louis) y noches tórridas y sudorosas con mÃnimas de 24 ºC o más. Vivimos un episodio atÃpico, pues aunque de marcado clima tropical, Senegal no suele ser tan caluroso en esa época del año. El paÃs tiene en el norte un tÃpico clima saheliano con una estación seca (invierno) y una estación húmeda (verano), atendiendo a los vaivenes de la célula de Hadley a medida que se suceden las estaciones. En el sur, en la zona de Casamance, más allá del enclave de Gambia, y ya por debajo de los 12/14 grados de latitud norte, el clima empieza a perder la estación seca, va volviéndose ecuatorial y aparecen las primeras selvas lluviosas.
Nos encaminábamos ya, obligados más por fecha que por voluntad, a completar la última etapa de nuestro viaje: de Saint Louis a Dakar. Y faltaba de cumplir uno de los grandes objetivos del viaje (o uno mÃo al menos): ver un baobab. Yo creÃa que iban a aparecer al sur de Mauritania porque me pareció verlos en Google Earth, pero no fue asà y ya estaba ansioso al respecto. El chofer de nuestro sept-taxi, convertido esta vez en sis-taxi era un hombre comprensivo y tal como le pedimos organizó el viaje con una larga parada en el baobab más grande que conocÃa en la ruta. Fue estupendo. Nos subimos a él, lo abrazamos, lo fotografiamos. Resultó un placer ver a ese centenario tropical, ver semejante monstruo.
[img width=599 height=800]http://www.portales4.com/35.Baobab.JPG[/img]
FOTO: Enorme baobab en el camino entre Saint Louis y Dakar. Cristina en comparación parece una especie de tábano. Siempre habÃa querido ver un gran baobab, desde que de niño leà El Principito. FOTO ABAJO: Un asteroide vecino al del Principito, arruinado por haber descuidado el crecimiento de los baobabs.

Tal y como nos habÃan prevenido, la entrada a Dakar resultó un gigantesco atasco. Dakar se sitúa en una estrecha penÃnsula (la que forma el extremo más occidental de Ãfrica) y hay una única vÃa de acceso. Es una especie de carretera multicarril permanentemente colapsada. Evito decir “autopista†ya que esa palabra evoca organización, señalización, orden y lo que habÃa allá eran las antÃpodas de eso. Miles de vehÃculos variados, algunos lujosos, la mayor parte desastrosos y muchas grandes furgonetas abolladas atestadas de gente -que son el transporte urbano de Dakar- lo llenaban todo de humo negro, pitidos y agobio. Como no era hora punta, en relativamente poco tiempo, una hora, conseguimos entrar en la ciudad, algo atacados ya de los nervios.
Dakar es una ciudad de verdad, al contrario que Nouakchott. Tiene grandes avenidas, plazas (es notable la Plaza de la Independencia), muchos edificios, comercios modernos, aceras, un tráfico permanentemente congestionado e incluso una página web propia. Lo que uno imagina en una ciudad de dos millones de habitantes. Es una ciudad con sus inmobiliarias (a precios horriblemente occidentales), discotecas y ambiente nocturno, centros deportivos, hoteles. Aunque, cierto, todo esto en mitad de un caos algo canalla, superpoblado, lleno de gente buscándose la vida, entre la que circulan multitud de occidentales –sobre todo franceses- que parecen vivir o trabajar ahÃ.. Y la verdad es que no me importarÃa pasar un tiempo en Dakar.
FOTO: Una calle de Dakar.
Visitamos Gorée, que es una pequeña isla enfrente de Dakar. Es un sitio muy turÃstico (aunque en el ferry abundaba la población local), de gran encanto colonial y con bonitas vistas sobre Dakar. Hay algún monumento en la isla muy célebre y de visita casi obligada. Como la Casa de los Esclavos, una especie de embarcadero con mazmorras en las que los occidentales “almacenábamos†a los esclavos antes de “facturarlos†a América. Y es que no hemos sido históricamente muy buenos, por mucho que nos lo creamos ahora.
Gorée también parece ser un centro social de senegaleses –ya que realmente es un sitio por el que resulta muy agradable pasear-. De hecho coincidimos con la celebración de una boda local. Al ser gente de natural además de animosa también cotilla y sociable nos acercamos a ver qué se cocÃa –dicho con doble intención, porque además de querer husmear, tenÃamos hambre y veÃamos que andaban las mujeres entre fogones-. Finalmente acabamos comprando a precio ventajoso una especie de gran caldero de thiéboudienne para seis y quien se apuntara. El thiéboudienne es el plato senegalés más tradicional y consiste en arroz hervido en zumo de tomate (y con algo que pica) salteado con pescado relleno. RiquÃsimo, pero para tomar con abundante agua, porque la boca arde.
FOTO: Mujeres cocinando para una boda. Estaban en una especie de bajos junto a la plaza en la que estaban los invitados.
FOTO: En el ferry de vuelta nos sorprendió un revuelo gigantesco. La afición del Union Sportive de Gorée, un equipo de fútbol, iba a ver la final de la liga senegalesa, en la que jugaba su equipo. Una locura de percusión y tÃos y tÃas buenÃsimos cantando y bailando que convirtió el apacible viaje de regreso en una gozada para todos los sentidos. En la foto, ya llegando al puerto de Dakar. Por cierto que ganamos el partido.
Lo último que hicimos antes de acabar el viaje fue visitar el célebre Lago Rosa. Es el lugar en el que culmina tradicionalmente el rally Paris-Dakar, el sitio es bonito y tiene algunas peculiaridades. Es rosa de verdad, debido a ciertas bacterias que prosperan pese a la gran salinidad del agua, que es unas diez veces mayor que la del mar. Esto provoca varias cosas: la primera es que es difÃcil hundirse (como en el Mar Muerto) y puedes flotar sacando las piernas y los brazos lo que da a uno la inquietante sensación de ser un despojo, la segunda es que los habitantes extraen sal de forma comercial y muchas familias viven de eso y la tercera es que al depositarse la sal en el fondo se forma un fango pastoso y baboso que result