Cruzando el Atlántico en velero, un punto microscópico en mitad del océano

Día 6 de Noviembre, 11 horas. Comienzan a hicharse las velas, sentimos como el agua empieza a resbalar por el casco mientras el sonido de las olas amenizan la salida, esto solo acaba de empezar…

Un velero, 5 personas, las velas, el viento y el mar. Solos en medio de la inmensidad del océnao. No sabía de la gran comodidad de navegar en empopada, con el oleaje en el mismo sentido que el viento, el barco surfea las olas y nosotros simplemente nos dejamos llevar.

En el segundo o tercer día de navegación se consigue coger el ritmo del océano. Hallándome a mitad de la travesía no recuerdo con exactitud mis expetativas iniciales. La vaga idea que tenía sobre la travesía es ligeramente distinta a la que estamos viviendo. Hay que decir que no hay una sola manera de cruzar el Atlántico, puedes tener una experiencia u otra según el barco que consigas, el patrón y la metereología. Nuestra aventura es exageradamente mucho mas tranquila de lo que yo esperaba.

Recuerdo que uno de mis miedos era no estar lo suficientemente fuerte como para aguantar una exigente navegación durante varios días seguidos. Y ahora, una vez interiorizado el apacible ritmo de esta tranquila travesía, mi miedo es no aguantar ni 5 minutos andando una vez lleguemos a tierra. Eso sí, debido al religioso vaivén del barco, estamos desarrollando una fantástica capacidad de reflejos, es ver algo caer y lo agarramos cual reptil cazando a su presa. Pero ya comienzo a sentir los músculos languidecerse y cualquier ejercicio físico resulta pesado.



Ya han pasado 9 dias desde que salimos de puerto. 9 días de travesía, 9 días con 360 grados de horizonte constante, 9 días descubriendo a cada instante un nuevo azul.

Llevamos unas 1400 millas navegadas, hemos pasado el trópico de Cáncer colocándonos a 19º de latitud y nos hemos trasladado 22º hacia el oeste. Se podría decir que estamos ya casi en mitad del océano. Ahora mismo, somos un punto microscópico entre África y América.

El cúmulo de sensaciones que estoy experimentando es muy intenso a la vez que tranquilo, porque si hay algo que se respira aquí es una tranquilidad absoluta. Cada día es diferente al anterior, sin embargo cuando se echa la vista atrás todos parecen confudirse.

Aunque la rutina se va colando poco a poco en nuestros quehaceres, paulatinamente le vamos robando horas al sol, avanzamos con él y esto crea un cierto desconcierto. Los relojes a bordo continúan con la hora de Canarias (UTC) y así lo harán hasta que lleguemos a tierra de nuevo, pero ya nada tienen que ver con la posición actual del barco. Esto, sumado a las guardias nocturnas que consisten en despertarse en mitad de la noche para pasar 2 ó 3 horas en vela, hacen que el tiempo se relativice con una facilidad imperciptible.



En el momento en que subí al barco un río de felicidad invadió mis venas, disfrutaba las 24 horas que pasaba en él, cada minuto era diferente del resto, todo eran nuevos colores, nuevas sensaciones. Parecía que si dormía estaba perdiéndome algo, pues no siempre tienes la oportunidad de encontrarte ante un océano infinito. Sin embargo, ahora los segundos parecen estirarse como una bola de plastilina y las horas de sueño comienzan a resultar agradables tanto a la luz del sol como de la luna, el insomio ocasionado por la saturación de adrenalina empieza a desaparecer.



Atlántico tropical, oceáno de alisios perpétuos. Navegar se convierte en una constante reflexión sobre la evolución meteorológica, siempre intentando sacar provecho de los buenos vientos y evitando a toda costa las zonas de tormentas. Cada mañana revisamos la previsión meteorológica y, así, confirmamos nuestro rumbo. La temperatura media debe ser de unos 26 grados y la del agua aumenta cada día, salimos de canarias con 22 grados y ya vamos por los 25 grados. ¡Dan ganas de tirarse al agua!


Aquí no hay teléfonos, ni internet, ni televisión, ni coches, ni ruidos,… Las únicas distracciones las proporciona el mar. Peces voladores asaltando la cubierta, delfines que juegan con la proa del barco, tiburones que amenazan acercándose sigilosamente.

Ante tan idílicas condiciones, con todo el océano a nuestra disposición, no hay lugar para el aburrimiento. Se desarrolla una fantástica vida interior. Te sientes dueña del tiempo y no él de ti. Personalmente el viaje está resultando muy productivo. Hasta puedes permitirte tachar de la lista de cosas pendientes, tareas para las que nunca se encuentra el momento y que aquí se hacen con un placer absoluto. De hecho, el mejor regalo de la travesía es disponer de este tiempo que tanto se echa de menos en la rutina diaria; para pensar, para reflexionar, simplemente tiempo para uno mismo.



El mar ha resultado ser uno de los mejores escenarios en los que he estado, consigue hipnotizarme tan solo con observar el ir y venir de las olas. Cuando el mar se calma da la sensación de que el líquido azul se densifica como si se convirtiera en un mar de lava. De vez en cuando se aviva este espectáculo con grandes olas que zarandean el barco como si quisieran mojar hasta lo mas alto del mástil, con tormentas que llegan sin avisar o con intensos arco iris como nunca antes había visto. Sin embargo, admito que aunque esperaba ver amaneceres y atardeceres mucho mas impactantes, hay días que me quedo anonadada al mirar al frente y ver como el sol va tiñendo de rojo las nubes cuando todavía no ha salido.



Los días en el barco pasan casi sin darnos cuenta. El ambiente con la tripulación cada vez va a mejor. Parece el típico chiste de “Esto es un inglés, un francés, un itialiano y un español…”, hay una interesante mezcla de idiomas. Tanto Charly, inglesa, como Gaia, italiana, cocinan genial. En momentos como este, la comida se convierte en un perfecto narcótico, citando las palabras de Francesc Cussi: “Un estómago saciado es la mejor invitación a caer rendido en los brazos de Morfeo”. Lo curioso es que dormirmos en todos lados menos en nuestro camarote. Éste se sitúa en proa y al caer la noche parece que se intensifique el vaivén de las olas convirtiendo nuestro camarote en un auténtico tambor de lavadora en pleno programa de centrifugación.

Por las noches, las guardias te presentan el mar de una manera totalmente diferente. El gran cambio es que en este momento te encuentras tu sola frente al océano. Al salir a cubierta se te eriza el pelo, las pupilas se dilatan, solo se escucha el sonido del océano. Cuando el sol cae, todos los colores subcumben al negro, la vista parece descansar mientras los demás sentidos se intensifican. En cada guardia casi siempre me regalo el lujo de tumbarme unos minutos sobre la bañera bajo la inmensa bóveda de millones de estrellas.
 
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